Al volver al hipódromo entramos otra vez en el corazón de la idea romana de gloria, velocidad y poder. Para Herodes, construir la ciudad del César no era solo una forma de agradar a Roma: era demostrar que Judea podía hablarle al Imperio en su propio lenguaje. El teatro deslumbraba, sí, pero la verdadera pasión estaba acá, en el hipódromo, considerado la cumbre del espectáculo.
El hipódromo de Cesarea era un componente imprescindible de cualquier ciudad romana. Herodes el Grande lo levantó como arena para las carreras de cuadrigas, el entretenimiento más popular entre los romanos. Aunque se trataba de un hipódromo “menor”, pensado para celebraciones, todavía se conservan las tribunas orientales, parte de la pista y, en parte, los *carceres*, los corrales de salida donde comenzaban las carreras. La sección occidental fue destruida por el mar. En la etapa tardía del Imperio no solo se corría acá: también se organizaban combates de gladiadores y enfrentamientos sangrientos entre personas y animales.
La esencia de las carreras no estaba en la velocidad pura, sino en el giro crítico de ciento ochenta grados. Las cuadrigas no tenían ningún mecanismo que distribuyera el peso, así que en la curva se levantaban sobre una sola rueda. El auriga debía usar su cuerpo, su fuerza y su pericia para tomar la curva al máximo posible sin volcar ni chocar con los rivales. Ganaba quien lograba mantener el equilibrio; un mínimo error podía significar la muerte. Para el público, lo fascinante no era ver quién llegaba primero, sino asistir al instante en el que se decidía todo: triunfo o final.
Con el tiempo, el hipódromo se transformó en un escenario de brutalidad y decadencia moral. Aquí se llevaron a cabo ejecuciones públicas de los primeros cristianos, y acá también murió de forma atroz el rabino Akiva, inspirador de la rebelión de Bar Kojba y uno de los grandes pensadores del judaísmo. Los romanos le arrancaron la piel estando vivo, frente a una multitud enfervorizada.
El hipódromo guarda no solo el rugido de las cuadrigas, sino también el pulso de la historia en ese borde donde se encuentran la grandeza y el abismo.
En Israel hay nueve sitios incluidos oficialmente en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, y Cesarea —que hoy aparece en la lista de espera junto con más de mil ochocientas candidaturas de todo el mundo— está camino a ser la próxima. Su encanto único surge de una combinación poco común de historia, arquitectura y un ingenio constructivo realmente excepcional. La ciudad fue pensada y levantada por el rey Herodes el Grande en honor al primer emperador romano, Octavio Augusto, y en poco tiempo llegó a convertirse en uno de los grandes motores económicos del Mediterráneo oriental.
Por sus calles se cruzaron figuras como Poncio Pilato, el rabino Akiva y Luis el Santo, el rey Luis nueve. Distintas épocas y culturas pasaron por aquí hasta que la arena y la sal del mar guardaron durante siglos la memoria de todo lo vivido, como si fuera una cápsula del tiempo, esperando a que los arqueólogos la volvieran a abrir.
Te invitamos a un recorrido lleno de historias y descubrimientos. Vení, viajero: abramos juntos este libro antiguo de la vida y sus huellas silenciosas.