La belleza del palacio era única: se proyectaba directamente hacia el mar abierto y las olas lo rodeaban por tres lados. Frente al sector principal había una amplia zona porticada, techada, con un patio central que organizaba todo el espacio. Las habitaciones elegantes, las piletas de agua de mar con pisos de mosaico y el horizonte infinito del Mediterráneo, enmarcado por obras tan imponentes como el teatro y el hipódromo, le daban al palacio una grandeza muy particular.
No es casualidad que este lugar se convirtiera en la residencia fija de todos los gobernadores romanos de Judea, incluido Poncio Pilato, quien —según la tradición— fue el que ordenó la crucifixión de Jesús. La única evidencia histórica del paso de Poncio Pilato por Judea apareció justamente acá, en el palacio de Herodes. Es una pieza conocida como “la piedra de Poncio Pilato”, con una inscripción en latín que menciona: *Pontius Pilatus, Praefectus Iudaeae*.
En Israel hay nueve sitios incluidos oficialmente en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, y Cesarea —que hoy aparece en la lista de espera junto con más de mil ochocientas candidaturas de todo el mundo— está camino a ser la próxima. Su encanto único surge de una combinación poco común de historia, arquitectura y un ingenio constructivo realmente excepcional. La ciudad fue pensada y levantada por el rey Herodes el Grande en honor al primer emperador romano, Octavio Augusto, y en poco tiempo llegó a convertirse en uno de los grandes motores económicos del Mediterráneo oriental.
Por sus calles se cruzaron figuras como Poncio Pilato, el rabino Akiva y Luis el Santo, el rey Luis nueve. Distintas épocas y culturas pasaron por aquí hasta que la arena y la sal del mar guardaron durante siglos la memoria de todo lo vivido, como si fuera una cápsula del tiempo, esperando a que los arqueólogos la volvieran a abrir.
Te invitamos a un recorrido lleno de historias y descubrimientos. Vení, viajero: abramos juntos este libro antiguo de la vida y sus huellas silenciosas.