En la época cristiana, el teatro dejó de usarse: la nueva fe apuntaba a una vida más recatada y rechazaba todo lo que se asociaba con excesos y distracciones. Con la llegada del islam, parte de la estructura, ya bastante deteriorada, se cerró con un muro y el lugar pasó a funcionar como una pequeña fortaleza frente al mar. Las columnas antiguas de mármol y granito, traídas de Grecia y Egipto para aquella obra monumental, quedaron tiradas por todo el predio, olvidadas durante siglos. Con el tiempo, cuando los gobernantes musulmanes desarrollaron un gusto más marcado por la estética y el detalle, esas piezas empezaron a reutilizarse como material valioso: de ellas se cortaban placas y elementos decorativos para palacios y residencias de familias prominentes. Incluso los famosos baños de Acre, hasta hace apenas un par de siglos, estaban revestidos con fragmentos de esas mismas columnas.
En Israel hay nueve sitios incluidos oficialmente en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, y Cesarea —que hoy aparece en la lista de espera junto con más de mil ochocientas candidaturas de todo el mundo— está camino a ser la próxima. Su encanto único surge de una combinación poco común de historia, arquitectura y un ingenio constructivo realmente excepcional. La ciudad fue pensada y levantada por el rey Herodes el Grande en honor al primer emperador romano, Octavio Augusto, y en poco tiempo llegó a convertirse en uno de los grandes motores económicos del Mediterráneo oriental.
Por sus calles se cruzaron figuras como Poncio Pilato, el rabino Akiva y Luis el Santo, el rey Luis nueve. Distintas épocas y culturas pasaron por aquí hasta que la arena y la sal del mar guardaron durante siglos la memoria de todo lo vivido, como si fuera una cápsula del tiempo, esperando a que los arqueólogos la volvieran a abrir.
Te invitamos a un recorrido lleno de historias y descubrimientos. Vení, viajero: abramos juntos este libro antiguo de la vida y sus huellas silenciosas.