Frente a nosotros aparece uno de los logros de ingeniería y arquitectura mejor conservados del mundo antiguo. La Cesarea de Herodes el Grande no era solo “pan y espectáculo”, ni únicamente sus palacios o su puerto internacional. También era una ciudad donde el agua potable corría con facilidad y estaba disponible en cada cruce de calles.
El suministro llegaba por acueductos que transportaban el agua desde los manantiales del monte Carmelo. Estas estructuras monumentales la distribuían hacia grandes estanques abiertos, donde los habitantes se acercaban para llenar sus vasijas especiales —las *hidrias*— y llevar el agua a sus casas. En el mundo romano, el agua estaba muy vinculada al culto de las divinidades, y se la asociaba con las ninfas. Por eso estos puntos urbanos de abastecimiento recibían el nombre de ninfeos y solían estar decorados con esculturas de ninfas, como una forma de destacar el carácter sagrado y bendecido de aquella fuente.
En Israel hay nueve sitios incluidos oficialmente en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, y Cesarea —que hoy aparece en la lista de espera junto con más de mil ochocientas candidaturas de todo el mundo— está camino a ser la próxima. Su encanto único surge de una combinación poco común de historia, arquitectura y un ingenio constructivo realmente excepcional. La ciudad fue pensada y levantada por el rey Herodes el Grande en honor al primer emperador romano, Octavio Augusto, y en poco tiempo llegó a convertirse en uno de los grandes motores económicos del Mediterráneo oriental.
Por sus calles se cruzaron figuras como Poncio Pilato, el rabino Akiva y Luis el Santo, el rey Luis nueve. Distintas épocas y culturas pasaron por aquí hasta que la arena y la sal del mar guardaron durante siglos la memoria de todo lo vivido, como si fuera una cápsula del tiempo, esperando a que los arqueólogos la volvieran a abrir.
Te invitamos a un recorrido lleno de historias y descubrimientos. Vení, viajero: abramos juntos este libro antiguo de la vida y sus huellas silenciosas.