El puerto de Cesarea casi no tiene actividad hoy en día: solo salen de acá unos pocos barcos de pesca y las lanchas del centro de buceo. Pero en su momento fue uno de los proyectos de ingeniería y arquitectura más imponentes de la Antigüedad, una creación monumental de Herodes el Grande. La dársena interior —que hoy es una explanada cubierta de pasto— era el corazón de la ciudad y su centro sagrado. Desde ese punto se ascendía al podio del templo, desde donde se abría una vista inmensa hacia el mar, los alrededores y la ciudad misma.
En este lugar, Cesarea mostraba toda su fuerza y su grandeza, tal como la imaginó Herodes el Grande.
En Israel hay nueve sitios incluidos oficialmente en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, y Cesarea —que hoy aparece en la lista de espera junto con más de mil ochocientas candidaturas de todo el mundo— está camino a ser la próxima. Su encanto único surge de una combinación poco común de historia, arquitectura y un ingenio constructivo realmente excepcional. La ciudad fue pensada y levantada por el rey Herodes el Grande en honor al primer emperador romano, Octavio Augusto, y en poco tiempo llegó a convertirse en uno de los grandes motores económicos del Mediterráneo oriental.
Por sus calles se cruzaron figuras como Poncio Pilato, el rabino Akiva y Luis el Santo, el rey Luis nueve. Distintas épocas y culturas pasaron por aquí hasta que la arena y la sal del mar guardaron durante siglos la memoria de todo lo vivido, como si fuera una cápsula del tiempo, esperando a que los arqueólogos la volvieran a abrir.
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