Fuera de la fortaleza musulmana, bajo capas de arena y escombros, quedaron ocultas durante **quince** siglos las ruinas de otro símbolo del mundo romano: el antiguo hipódromo. Su espacio largo y angosto, extendido paralelo al mar, aparece de golpe apenas cruzamos los límites de la fortificación y ofrece una vista que impresiona al instante.
Ya volveremos al hipódromo, pero por ahora vale la pena detenerse en las ruinas del palacio del hombre que ideó todo este conjunto. Justo acá, en el punto donde el teatro y el hipódromo casi se tocan, se levantaba en su momento el palacio de Herodes el Grande.
En Israel hay nueve sitios incluidos oficialmente en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, y Cesarea —que hoy aparece en la lista de espera junto con más de mil ochocientas candidaturas de todo el mundo— está camino a ser la próxima. Su encanto único surge de una combinación poco común de historia, arquitectura y un ingenio constructivo realmente excepcional. La ciudad fue pensada y levantada por el rey Herodes el Grande en honor al primer emperador romano, Octavio Augusto, y en poco tiempo llegó a convertirse en uno de los grandes motores económicos del Mediterráneo oriental.
Por sus calles se cruzaron figuras como Poncio Pilato, el rabino Akiva y Luis el Santo, el rey Luis nueve. Distintas épocas y culturas pasaron por aquí hasta que la arena y la sal del mar guardaron durante siglos la memoria de todo lo vivido, como si fuera una cápsula del tiempo, esperando a que los arqueólogos la volvieran a abrir.
Te invitamos a un recorrido lleno de historias y descubrimientos. Vení, viajero: abramos juntos este libro antiguo de la vida y sus huellas silenciosas.